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Martes, 17 Octubre 2017

Martes, 17 Octubre 2017

Luciérnagas

Etna Miro Escobar

La primera vez que vi una luciérnaga brillar en una noche de verano mi madre me enseñó una lección que nunca he podido olvidar: «La luz no procede ni de las bombillas ni del sol, sino de la felicidad de cada uno de nosotros».


Apenas debía tener unos quince años y sus palabras resonaron en mi mente como ecos de una verdad indiscutible.

Durante toda su vida, en muchas ocasiones, oí pacientemente como me lo repetía su voz, seca, rasposa y yerma; la voz de aquella mujer a la que yo, llevada de las apariencias, tan mal juzgaba creyendo que no contenía las mismas dosis de amor que las voces de otras madres. El tiempo me enseñó que me equivocaba, que el querer que ella me profesaba, no por ciertamente diferente, atesoraba menos valor que los quereres de las demás. Si hubiera sabido de la pena profunda que guardaba mi madre, jamás hubiera pensado que no me quería cuando yo, en realidad, era lo único a lo que se limitaba su existencia.
«En tres ocasiones vi la luz: cuando nací, cuando amé y cuando morí», declaraba trabajosamente, teñido el registro de su voz del cansancio que reportan los años. Yo le respondía que eso no podía ser cierto, que no podía acordarse de cuándo nació, ni tampoco afirmar que vio la luz cuando murió, porque aún no había muerto, y ella tan solo negaba con la cabeza, moviendo, de un lado a otro, su melena negra, densa y áspera, que, bien que desmejorada por el paso de los años, semejaba un monstruo perezoso de amenazadora belleza. «No lo entiendes, niña; lo comprenderás cuando te llegue el momento». Entonces, yo le preguntaba cómo había sido aquella vez en la que amó y vio la luz, y mi madre suspiraba y se recostaba en su balancín. Hasta que, un día, sirviéndose una copita de anís, se dispuso a narrarme aquella historia de la que yo solo había atisbado anteriormente unos pocos retazos.


Quienquiera que haya visto la luz alguna vez estoy segura que lo ha hecho amando. Amar es luz, no hay nada más luminoso que un beso de la persona amada. Yo, sin embargo, cuando conocí a tu padre, no me sentí iluminada. Claro, nos hallábamos en pleno día y, luego, aprendí, que, a esas horas, no se puede juzgar de la luminosidad de los seres, pues el sol la acapara por completo. La noche todo lo cambió. Ya en el crepúsculo de la velada de las fiestas del pueblo, cuando el gran astro, exhausto, descansaba y la luna, presa de la negrura, apenas podía aliviar la sombra, cuando los farolillos de la plaza titilaban, pude apreciar su luz.
Después de aquella noche, de aquellos bailes y de aquellas carcajadas, tras verle brillar con su singular fulgor, no quisimos que el tiempo decidiera por nosotros y nos mudamos a la ciudad en busca de nuestra propia vida. Yo, acogida por mi tía, me empleé de costurera en una casa de modas y él, de dependiente de una droguería. Cuando nos casamos, elegimos una ermita alejada de todos y de todo. Y, justo cuando atardecía, entré en aquel santuario, tenuemente iluminado por las velas que los escasos invitados sostenían. Él me estaba esperando. Avancé hacia él y, cuando tomé su mano, sentí como me quemaban su ardor juvenil, su vitalidad arrolladora.
Tras la boda, nada entorpeció nuestra felicidad. Fue entonces cuando compramos esta pequeña casita, en las afueras, con este jardín lleno de flores y luciérnagas que nos alegraban los veranos. Las noches estivales nos recostábamos en el suelo, sobre la tierra húmeda, y contemplábamos las luciérnagas, que formaban patrones incomprensibles en la oscuridad. Volubles y libérrimas, dibujaban sin orden, pero nuestra fértil imaginación completaba, en íntima conexión con sus autoras, las carencias de sus figuras… Desde una despampanante ave del paraíso a una florecida adelfa, desde un temible león hasta un finísimo hilo de oro, desde un pequeño ratón hasta la inicial de uno de nuestros nombres... A veces, incluso nos animábamos a perseguirlas y ellas volaban a nuestro alrededor, en círculos, y nos envolvían en un aura de magia indescriptible. Fue precisamente en aquellos días de dicha que aprendí que la luz no se desprende de las bombillas ni del sol, sino que proviene de nosotros mismos, de nuestra felicidad.
¿Qué hallábamos el uno en el otro? ¡Oh, ojalá pudiera responder! ¿Por qué nos enamoramos las personas? Es como una embriaguez permanente y soberbia, dulce; las voces de tu alrededor te llegan apagadas, mustias. Solo hay lugar, espacio y tiempo para el corazón, para reír, para dejarse llevar, para no arrepentirse de nada, para gritar de júbilo y correr apresuradamente por las calles que hacen bajada, para dar la vuelta al mundo en apenas unas temerarias zancadas. Es como cuando alguien va en bicicleta y empieza a coger velocidad... ¿Sabes de lo que te hablo, verdad? Estás cansado de pedalear y, además, el viento te azota y te oprime el pecho, mas todo es tan refrescante que no notas el dolor de tus piernas ni el agotamiento hasta que paras.
Y, en aquel instante, tu corazón, mi niña, se aflige. Cuando desciendes de las nubes, cuando el huracán remite, cuando la marea baja, cuando los vapores de la euforia se disipan, cuando el túnel del gozo termina la felicidad se rinde y vuelves a oír las implacables voces del exterior que, más exigentes que nunca, socavan tus adentros, erosionan tus sueños, derriten tus esperanzas.
Tu padre murió. ¡Hace ya tanto tiempo! Y, cuando hablo de ello, ¡me parece que fuera hace tan solo unos segundos! Su amor, su vida, se consumió en un fugaz suspiro, en un efímero beso en el que mis ojos se cerraron, entregados a la más tierna pasión. Cuando se abrieron, él ya no estaba. Una enfermedad despiadada me lo arrebató. Veía cómo su ser se apagaba, cual la indefensa llama de una vela trata vanamente de resistir al viento que la cabecea, y vi, a la postre, cómo su fulgor se fundía en la nada. Sin más. Apenas tuve tiempo de pestañear en la despedida. Y, ya sin él, la vida se me antojaba irreal, como si aquel espeso manto negro que lo recubría todo únicamente fuera una fina capa que, con solo frotarla, me permitiera entrever, de nuevo, el sol…
Por eso te llamé Lucía. Tú habías de ser la nueva llama. Y lo eres: la única luz que hoy, de veras, me guía eres tú.
Desde que él no está, las luciérnagas no han vuelto. Todas las noches de verano, contigo en brazos, me sentaba en el jardín esperando un poco de su luz, pero ellas han compartido mi duelo. Nunca más las he vuelto a ver brillar, nunca. Las echo de menos. He llegado a convencerme de que marcharon con él. ¿A dónde crees, Lucía, que pueden haber volado las luciérnagas? Desearía saberlo.
En ocasiones, me sorprendo imaginando qué haría él, aquí, con nosotras. ¡Cuán feliz sería de saber de tu existencia! ¡Y cómo brillaríais, los dos juntos, en este jardín! Y, llámame ilusa, pero, en algunos sueños veraniegos, lo veo ante mí, sosteniéndote en brazos… Lo veo lanzándote al cielo, besándome, y te veo también a ti, riendo. Y entonces las luciérnagas vuelven a nuestro jardín como el primer día. Lo cierto es que no hay hora en la que no anhele saber del paradero de aquellas que, durante el tiempo más feliz de mi vida, me acompañaron con su luminiscencia.
¿Y sabes qué, Lucía? El secreto mejor guardado de las luciérnagas es que se van cuando la felicidad también lo hace.


Terminó de narrar la historia. Sus mejillas, empalidecidas, delataban su esfuerzo por contener las lágrimas.
Bajé la mirada y vi algo que me hizo levantar de mi silla, embargada de una incontrolable emoción.
—¡Mamá, una luciérnaga!
Ella arrugó el entrecejo pensando que se trataba de una ilusión mía, pero, con el dedo índice, apunté hacia donde había vislumbrado la luz.
—¿No la ves mamá? ¿No ves cómo brilla? ¿No ves que nos saluda con su parpadeo?
Mi madre caminó, atravesando la penumbra veraniega de la noche, a través del jardín, hasta situarse a tan solo unos metros del punto de luz que yo había percibido. Por un segundo, fue como si oyera un eco lejano de felicidad. Corrí hacia sus brazos y ella, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo reparo en abrirlos y darme la bienvenida entre los pliegues, inconfesablemente necesarios, del seno maternal. Con incontenidas lágrimas de emoción, susurró para que solo las luciérnagas y yo la oyéramos:
—Lucía, tu padre ha vuelto. Está aquí  —apuntó a mi corazón.


En ese jardín viví mi particular historia de amor y las luciérnagas se mostraron de nuevo. Con satisfacción no disimulada, mi madre las observaba, a través de la ventana, suspirando y evocando tiempos pasados.
Cada vez que Alberto y yo estábamos juntos, era como si todo se hiciera fácil y posible. Cuando se lo presenté a mi madre, estuvo encantadora y nos dijo, claro está: «La luz, hijos míos, no se desprende de las bombillas ni del sol; la luz sale de la felicidad de cada uno de nosotros».
Mas se iba haciendo mayor y los años, que a mí se me pasaban como jubilosos pájaros liberados de su jaula, a ella se le iban cargando a las espaldas hasta que llegó la temida hora del adiós.
—No tengo miedo, Lucía. Hace ya tanto tiempo que no veo la luz… Cuando nací, la vi. Cuando amé, la vi. Ahora volveré a verla muy pronto. Lo siento por ti, mi niña. No es justo para quien se queda. Con mi tristeza, lamento no haber sido la mejor madre del mundo, pero… te he querido. Y supongo que eso es lo que cuenta. Te he enseñado de dónde viene la luz… Solo deseo una cosa, Lucía. Que las luciérnagas no te dejen sola, que sigan refulgiendo cada noche de tus veranos para recordarte que la vida es siempre mirar hacia adelante. No quiero que te entristezcas, no permitas que se marchen. Han vuelto de donde tu padre está para regalarnos su luminosidad… Mi niña, ahora sí que te veo brillar…
Y se fue.
Esa misma noche, salí al jardín. El silencio que emanaba de la vegetación me dio ganas de romper la quietud. Y así lo hice: grité enfurecida, grité el nombre de mi madre mientras unas lágrimas de impotencia brotaban de mis ojos.
Cual si respondieran a la llamada, las luciérnagas irradiaron su luz alumbrando mi rabia. Y, cuando mis lágrimas se secaron, alcé la mirada del suelo y los vi: los pequeños insectos volaban amparándome con sus colas relucientes y creando oníricos trazos que atajaban la negritud.
Y llamadme loca, pero os aseguro que aquellas luciérnagas, con la infinita ternura de su luz tibia y reconfortante, me susurraron palabras de inconmensurable comprensión.
Palabras de cariño, palabras de confianza, palabras de generosidad.
Palabras de madre.

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