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Jueves, 21 Septiembre 2017

Jueves, 21 Septiembre 2017

Torcaza

Imanol Diéguez

Era domingo así que tenía casi todo el día para mí solo porque desde que mamá no estaba en casa, papá se iba bien temprano al hospital a verla. Afuera el sol brillaba fuerte, disfrazando al otoño de verano. Nomás caminé un poco por el patio comprobé que no habría viento en todo el día, apenas corría una pequeña brisa, suave, fresca: estaba ideal para la gomera. Enseguida pensé en ir al monte de los pinos negros.

Los pinos de ese monte son los más verdes de todo el pueblo, pero a mí me gusta llamarlos así porque cuando cae el atardecer, si me pongo abajo del algarrobo que está justo bajando la cuesta, con el último rayo de sol, los pinos se vuelven completamente negros. Parecen petrificados o salidos de otro tiempo, como en uno de esos cuadros que tiene la abuela en su casa.

Agarré la bici que estaba tirada en la vereda y salí como siempre: aumentando la velocidad en cada esquina, subiendo veredas, bajando cordones, esquivando algún abuelo que caminaba despreocupado. Arriba de mi bicicleta me transformo; imagino que estoy en una película donde yo soy el protagonista y debo sobrepasar todo tipo de obstáculos (que me invento yo mismo en cada cuadra) siempre con una frenada brusca, dejando la huella de la goma en el suelo.

Ya venía imaginando qué agarraría, quizás una montera de esas enormes y oscuras que siempre están demasiado altas para mi fuerza, o tal vez una perdiz, por qué no, aunque con una piedra difícil. No me importaba qué, mientras agarrase algo me volvería contento a casa, con el bicho atado a mi cintura, orgulloso. De solo pensarlo se me ponía la piel de gallina y ya pedaleaba más rápido, sin apoyar el culo en el asiento.

El calor era realmente insoportable a esas horas. Legué al monte cansado y transpirado. Todo estaba en silencio. Me agaché varias veces buscando las piedras justas: ni muy grandes, para no darme en el dedo gordo, ni muy livianas, porque los pinos son altos y con esa distancia si la piedra no pesa lo suficiente pierde puntería. No se escuchaba ningún ruido, solo mis pisadas en la tierra seca crujían suavemente. Como me había olvidado la gorra en casa, después de un rato, me senté bajo la sombra de un pino. Pensé que mamá no me hubiese dejado salir sin la gorra puesta. ¡No andaba ni un alma! Ni un mísero gorrión se avistaba. Por suerte me había llevado algunas nueces para engañar el hambre.

Dejé pasar el tiempo tranquilo, jugando con una paja vizcachera que me servía de asiento. En otoño, entre la brisa fría que los acaricia y el sol fuerte que los calienta, los pinos largan un olorcito fresco inconfundible. Es la mejor época para la gomera porque después de los vientos de verano el cielo está muy claro y todos los colores relucen como nunca.

De repente, sobre el cable que pasaba al costado de los pinos, apareció una torcaza. Me resultó extraño que con tanto calor se posara justo ahí, bajo pleno sol y a unos pocos metros de mí. Era una paloma adulta, la cabeza lisa, el cuello alargado. Estaba con las patas un poco separadas, como alerta, aunque yo la veía tranquila.

Papá me lo había dejado bien claro el día que me regaló mi primera gomera: ni torcazas ni horneros. ¿Por qué torcazas no?, le pregunté yo, que ya había aprendido a amar a los horneros luego de pasar tardes enteras con papá en el jardín, mirándolos construir sus casas de barro, iguales a nuestro horno; trabajaban cuidadosamente durante semanas, sin detenerse, como si quisieran mostrarnos cómo debíamos hacerlo nosotros.

-El palomo se enamora sólo una vez, me dijo, si pierde a su compañera ya no buscará otra y se quedará solo para el resto de su vida.

En ese momento no entendí porque me habló de amor, yo creía que los animales se juntaban por instinto.

Al principio traté de quedarme quieto, me gustaba esa proximidad con la torcaza, que desconocía el peligro. Me quedé mirándola un rato largo hasta que decidí ponerme de pie para espantarla. Sin embargo, la torcaza estaba en su mundo, ni siquiera me miraba. Empezó a irritarme un poco la situación, no había ningún pájaro, hacía mucho calor y la torcaza se ponía en el único cable cerca, muy fácil, entregada. No tenía derecho a tirarle, estaba a menos de diez metros, pero aun así tensé la gomera. Me pareció verle un brillo en los ojos, seguro se preparaba para escapar de un salto, así que más relajado, le disparé. La piedra pasó silbando por encima de su cabeza, pero la torcaza no emprendió el vuelo, solo se acurrucó un poco, pero se quedó en el mismo sitio. Esto me sorprendió, los pájaros habitualmente o vuelan enseguida, o dan unos pasitos al costado y luego -apenas me ven tensar de nuevo la gomera- desaparecen de un salto. Me quedé mirándola extrañado y sin pensarlo mucho le volví a disparar, y otra vez, volví a fallar. Me dio vergüenza, la torcaza estaba regalada y yo había errado dos veces. Ya está, dejala en paz, me dije. Miré a mi alrededor y comprobé que no había nadie, ningún testigo. Estaba incómodo, algo me dolía por haber fallado y la torcaza seguía allí como si no le importase morir, como provocándome. Dudé, pensé en volver a casa, me vi entrando por el patio con las manos vacías, sin ninguna anécdota para contarle al Beto, mi vecino, y entonces sin entender bien por qué, tomé aire y volví a hacerlo: solté una piedra mediana y puntuda que ni siquiera estuvo cerca. Pero la torcaza no se inmutaba, se había hecho un ovillo en el cable y ahora me miraba con sus pequeños ojos bien abiertos. Ya no recuerdo por qué seguí tirando, cada vez menos convencido, cada vez la gomera menos tensa, sin embargo, seguí, hasta que una piedra azarosa le dio de lleno.

Cayó al piso con un ruido seco, sin siquiera abrir sus alas. La agarré con ambas manos: estaba tibia, su corazón latía muy fuerte. Era una hembra. Era hermosa, perfecta en sus dos tonos de gris, sin ninguna mancha - como suelen tener la mayoría de las torcazas de esta zona-. Me miraba de reojo, asustada, con sus pequeños ojitos bien abiertos, completamente negros. Abrió un poco su pico –como si quisiera decirme algo - y un hilo de sangre brotó desde adentro.

-El palomo se enamora sólo una vez, me había dicho papá, si pierde a su compañera ya no buscará otra y se quedará solo para el resto de su vida.

La torcaza ya no sufriría, estaba muerta, sin embargo, abrazado a ella, lloré por primera vez. Eran lagrimas que venían de otro lado. Yo pensaba en el palomo, pensaba en el amor y en el miedo, y entonces comprendí.

Enterré la torcaza bajo el algarrobo, justo donde cae el último rayo de sol, enfrente de los pinos negros. Agarré la bicicleta y encaré para el hospital, pensando en abrazar a mis padres.

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